Pesadilla

November 10, 2012  •  Dejar un comentario

 

Anoche caí dormido como un tronco. Afuera, llovía incesantemente, y mientras las gotas revivían las flores que planté hace ya siete meses, mis ojos se cerraban lenta e indolorosamente, sin fin, sin más que un último parpadear. Sin poder pedir ayuda me envolví en mi pelo, y me quedé dormido para siempre. Emprendí un viaje hasta el borde del mundo, desde el rincón de mi memoria hasta las ruinas de un castillo de naipes. Casi sin darme cuenta, atisbé a dar un paso en falso y encontré una mina de oro envuelta en papel de regalo. ¿Lo puedes imaginar? 

Era un gigante que caminaba en los anillos de Saturno. Apenas podía ver mas allá de sus no se cuantas lunas, y a mi lado, estabas Tú, completamente despierta, mirando casi con disimulo las aureolas boreales que no debían estar ahí, pero ahí estaban, apareciendo y desapareciendo al mismo ritmo que mis latidos.  Al fondo del  espacio, se veía una cara de niño formada por millones de estrellas que también reían como Yo. Sin pensarlo dos veces te tome de la mano y te lleve hasta ahí. Al llegar, nos dimos cuenta que estábamos en el mismo inicio y fin del mundo, caminando desnudos en el borde de mi cama. Fue ahí, cuando aparecieron ellos, mis ángeles. ¿Sabias que los tengo? Son dos, varón y mujer. Los hijos que nunca tuve están esperando el momento del juicio que ha de llegar a mi vida.

El reloj cósmico dejo de funcionar, las luces se apagaron, y se escuchó una voz que dijo “el show debe continuar”. Habían pasado dos años desde entonces, y ahí seguíamos, sin envejecer, sin solicitar siquiera aire, sin nada más que un abrazo en el borde, al borde, por el borde. Quise decir te quiero, y no pude. Mi boca, torpe como nunca antes, enmudeció cuando Gandhi apareció vestido de cuero. ¿Era una visión verdad? ¡Que fumaste!, dijiste, cuando reía como loco por mi irracional visión.

El borde empezó a agrietarse, los cuerpos caían por montones, estaban corrompidos, se podrían al menor contacto. Las voces se acercaban, eran miles de caballos negros de blancos jinetes. Y cuando llegaron, las puertas se abrieron de un solo golpe. Eras Tú quien nuevamente entraba a mi habitación. Sin vacilar, te desnudaste en mis narices y me abrigaste con tu codiciosa zalamería. ¡No verdad!, eso no fue lo que pasó. Me abrazaste y quitaste el frió polar que había inmovilizado mis articulaciones. Me levantaste y caminamos por el borde.

Las visiones siguieron a un toque de violín, ¡la gente grita!, dije, ¡apaga la luz, me duele!. Se acercan! Quiero ir a casa por favor! ¡Sácame de aquí!, suplique en un mar de lagrimas, apága la luz por favor, !te lo suplico!

Silbó el tren a lo lejos, los pasos se oyen cada vez más cerca, y la misma voz, detrás de la manta, me persigue hasta el mismo borde. 

Tres payasos salieron desde una esquirla que dejo la bala del soldado muerto a besos. Como una orquesta inmensa, las paredes se cerraban, parecían bocanadas de miel. En medio de la sal que despedía la voz detrás de la manta, mire por el entretejido, y lo comprendí todo. Era yo en otra vida!

Es Él, !atrápenlo! se escuchó en todo el espacio y el baile empezó de nuevo.

¡Apaga la maldita luz! - grite con todas mis fuerzas- !apaga la maldita luz por favor!

!Silencio! 

¿Quién golpea con su eco las puertas de mi absurda morada? 

Era Él, nuevamente, la misma voz de mi pasado, era aún más grande de lo que imaginé, era pletórico, repudiable, quisquilloso como un niño malcriado. De en medio del cielo se oyó un trueno que enmudeció a la sala, todos lloraban, todo calló. Al amanecer, todos se habían marchado. Mi corazón se había partido en dos por la estrepitosa fuga, y dos niños cantaban villancicos en septiembre. Desde ese entonces todo fue quietud y paz, no mas pesadillas, no volveré a comer pasada la media noche.

13 de julio de 1993


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