Tepuyes: la tierra prometida.

July 25, 2014  •  Dejar un comentario

Estos días de julio, a Don Alfonso Ortega le brillan los ojos más de lo normal. Él es uno de los fundadores del Barrio Las Orquídeas, poblado colono del alto Nangaritza que en cierta época fue, junto a las comunidades shuar de esta región, el epicentro de la lucha por la tenencia de la tierra que hoy, tras una espera que se sintió eterna, finalmente termina.

Ese brillo no es adrede. Su empeño para que los objetivos de la organización a la que ha dirigido se cumplan se nota en las arrugas de su cara. Su hijo Walter, actual presidente de la Asociación de Trabajadores Autónomos San Miguel de Las Orquídeas (ATASMO), escucha con atención y asiente cuando su padre narra las peripecias del arribo a Nangaritza diez y nueve años atrás; y aquellas propias del proceso de adjudicación de las 1462 hectáreas del Área de Conservación colono-shuar Los Tepuyes, que el 10 de julio pasado les fueron entregadas por el Ministerio del Ambiente (MAE), pero que han sentido como suyas desde que llegaron a estas tierras.

Igual entereza distingue a Francisco Kukush, presidente de la Asociación de Centros Shuar Tayunts (ACESHUT), a la que corresponden otras 2743 hectáreas, que han sido parte de su territorio ancestral desde mucho antes de la llegada de los colonos al alto Nangaritza en los primeros años de los noventa.

Ambas asociaciones comparten la administración de Los Tepuyes, hogar para una variada colección de plantas y animales, varios de ellos nuevos para la Ciencia en años recientes, como da cuenta de ello el hallazgo en tan solo quince días de exploración de 28 nuevas especies de plantas, insectos, anfibios y reptiles. Irónicamente, fueron los conflictos por la propiedad de la tierra lo que mantuvo a colonos y shuar distantes por largo tiempo, con rivalidades que semejan una historia del viejo Oeste; con la diferencia de que en esta esquina verde de Zamora Chinchipe, un final feliz si fue posible.

Una lluviosa noche de julio, Don Alfonso me recibe en su casa en Las Orquídeas. Afuera llueve a cántaros y tengo que pedirle que levante la voz para no perderme los detalles de su historia. Oriundos del Azuay, los Ortega llegaron a estas tierras en 1995 después de varias penurias atravesando la otrora selva impenetrable y otro tanto surcando el Nangaritza en bote a palanca. “Todo era selva. Vinimos en busca de mejores tierras y las encontramos. La pesca era abundante. En media hora se sacaban 15 libras de corroncho y no se necesitaban armas para cazar: con perros y un buen machete era suficiente. No teníamos caminos ni electricidad. Todo lo hicimos con mingas. Supimos entonces, que si no estábamos unidos, no lograríamos nada”, cuenta Don Alfonso y su mirada se pierde atravesando la pared de agua que no ha cesado de caer.

No es difícil imaginar las penurias del arribo de los primeros colonos al alto Nangaritza, ni tampoco la presión que la colonización de estas tierras significó para los Muraya Shuar (los shuar de la montaña), quienes juzgaron las costumbres y usos del suelo de los colonos, incompatibles con los saberes locales, como una amenaza para su cultura y territorialidad. Actualmente establecidos en varios centros shuar montaña adentro y también en los márgenes de los ríos Nangaritza y Numpatakaim,  investigadores del tema señalan que es posible que su ocupación en esta zona se haya originado hace más de seis generaciones, tras la salida de sus antiguos territorios en Gualaquiza y Yanzatza, debido a conflictos con otras comunidades, alianzas familiares, crecimiento de la población y movilidad territorial. Esta historia, similar para tantas naciones indígenas en diversas geografías, parecía repetirse nuevamente.

Se dice que el escritor Luis Sepúlveda inspiró su obra “Un viejo que leía historias de amor” en una estancia de varios meses en la zona, de la cual 130 mil hectáreas serían décadas más tarde, en el año 2002, declaradas Bosque Protector Alto Nangaritza con miras a proteger la única conexión natural entre los Andes, representado por el Parque Nacional Podocarpus y la Cordillera del Cóndor. Su creación fue el punto de partida para un complejo proceso de organización territorial y serias tensiones sociales, que culminaron con el desmembramiento de fincas privadas y el acuerdo final entre el MAE, gobiernos locales, shuar y colonos para la creación de un área de conservación colono-shuar denominada Los Tepuyes (Mura Nunka en lengua shuar), nombrado así por los científicos que han encontrado en estas montañas de cimas planas y paredes verticales, que emergen de la selva como verdaderas islas de vida, similitud geológica y biológica a los célebres Tepuyes venezolanos.

Sigue lloviendo en Las Orquídeas y no puedo evitar preguntar a Walter y Alfonso que fue lo que mantuvo a los ATASMO a flote los últimos ocho años de trámites. Don Ortega sonríe con gratitud, retrocediendo el tiempo en su cabeza encanada y me cuenta que nunca se sintieron solos pues tuvieron el apoyo de varias instituciones, que fueron soporte por igual para shuar y colonos. Ambos reconocen el apoyo de Naturaleza y Cultura con quienes han caminado este sendero de gestiones y salidas de campo desde el 2009. “La gente se nos reía. Se burlaban y decían que no seríamos dueños de estas tierras. Ahora sabemos que los sueños se cumplen si se lucha por ellos. Todos estos años de espera y unión valieron la pena”, añade Walter; cuya labor al frente de la ATASMO ha sido fundamental para mantener la unión de grupo cuando cada nuevo trámite parecía flaquear la fuerza de todos.

Días después, el 10 de julio, las palabras de Francisco Kukush retumban en la recién estrenada cancha multiuso de Las Orquídeas: “La minería no es el único camino hacia el desarrollo. Debemos agotar todas las alternativas posibles antes de optar por la explotación de nuestros recursos mineros, que como ya conocemos han traído contaminación para muchos y riqueza para pocos”. La energía que Francisco proyecta es la de un líder. Más que agradecimiento, sus palabras están cargadas de reivindicación hacia su pueblo, por años olvidado y acorralado por el colonialismo a estas montañas de arenisca, último refugio del pueblo shuar de Zamora Chinchipe y de una belleza escénica sobrecogedora.

Los shuar elegimos conservar nuestra tierra. Así ha permanecido desde antes de nuestros abuelos y seguirá intocada por decisión de nuestro pueblo”, y así, con el júbilo de un centenar de shuar apoyándolo, Francisco comprometió la adhesión de los Tepuyes al Programa Socio Bosque, del que ya forman parte con 20 mil hectáreas de la reserva de caza y pesca Chai Nunka. Con una meta similar y con miras a desarrollar un proyecto de turismo comunitario, la ATASMO ingresará a Socio Bosque con la totalidad del área adjudicada.

El sabor agridulce que pudo suponer la creación del bosque protector doce años atrás y la reciente adjudicación de Los Tepuyes, es un claro ejemplo de la importancia de la participación local como cimiento de todo proceso de creación de áreas protegidas, sobre todo cuando la tenencia de la tierra no está bien definida y el ordenamiento concertado del territorio es primordial para garantizar derechos colectivos y el desarrollo de los grupos humanos que dependen de ellos. La experiencia ha enseñado que es preciso superar la mera consulta hacia el análisis crítico de las opciones, adaptando éstas a las realidades locales y donde el rol  institucional parta desde la aceptación de sus beneficiarios y como un guía para disipar la incertidumbre que conlleva el cambio.  Los Mura Nunka están finalmente, ocho años después, en las mejores manos.

*Crónica publicada en Diario La Hora - Loja el 27/07/2014 y Diario La Hora - Zamora, el 26/07/2014.

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Los Tepuyes son fuente de agua. La Cascada de los Dioses representa el fuerte vínculo entre el pueblo shuar y la naturaleza. La belleza escénica de Nangaritza, fuente de inspiración para el libro Un viejo que leía historias de amor, de Luis Sepúlveda. El río Nangaritza es uno de los límites naturales del área adjudicada. Los Tepuyes y sus paredes verticales de arenisca, hogar para variedad de especies de flora y fauna, varias de ellas nuevas para la Ciencia.

Miembros de la ATASMO: Asociación de Trabajadores Autónomos San Miguel de las Orquídeas. Francisco Kukush (izquierda primer plano) durante una de las tantas "reuniones de río" con miembros de la Asociación de Centros Shuar Tayunts, para discutir el ingreso a Socio Bosque y los trámites de adjudicación.

Una sección de las 4205 hectáreas adjudicadas. Vista desde la Reserva Maycú, de Naturaleza y Cultura.


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